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PUBLICACIONES
México,
Colombia y las drogas ilegales:
variaciones sobre un mismo tema*.
Por
Luis Astorga
IISUNAM
*Conferencia
dictada en la VIII Cátedra Anual de Historia
Ernesto Restrepo Tirado, "Análisis histórico
del narcotráfico en Colombia", organizada
por la División Educativa y Cultural del Museo
Nacional de Colombia, la Asociación de Amigos
del Museo Nacional de Colombia, la Embajada de España
en Colombia, la Embajada de Estados Unidos en Colombia
y la Embajada de México en Colombia, Bogotá,
29-31 de octubre de 2003.
Introducción
Colombia
y México son dos de los países citados
más frecuentemente en relación con el
tráfico de drogas a Estados Unidos. Pero no
todo mundo sabe que México ya era objeto de
preocupación y vigilancia permanente del gobierno
estadounidense por contrabando de drogas ilegales
desde principios del siglo XX, varias décadas
antes de que Colombia ingresara por la puerta grande
al mercado internacional de substancias ilícitas.
En este trabajo se destacan algunos elementos históricos
que contribuyeron al nacimiento del campo del tráfico
de drogas en México, los vínculos que
se establecieron entre éste y el campo político,
y las modificaciones de esta relación a través
del tiempo. En cuanto al caso colombiano se mencionan
algunas características históricas y
estructurales que muestran diferencias importantes
en relación con el mexicano. Diferencias muchas
veces ignoradas o desestimadas por los medios de comunicación
y algunos políticos y policías, más
interesados en destacar los casos de violencia cruda,
en aterrorizar a la población, en competir
por colgar el mayor número de etiquetas, y
en trasplantar de manera mecánica su particular
percepción del fenómeno de un país
a otro.
Sería
imposible hablar de todos los aspectos que han determinado
el surgimiento y desarrollo del tráfico de
fármacos ilegales en Colombia y México.
Los investigadores continuamos explorando el tema
desde diversas disciplinas y enfoques para tratar
de entenderlo y dar explicaciones convincentes acerca
de un fenómeno permeado por las categorías
y esquemas de percepción oficiales y las del
sentido común, que a veces se entrecruzan.
Y aunque la información generada por fuentes
oficiales y periodísticas ha sido abundante
en las últimas tres décadas, la anterior
a ese periodo y los testimonios pasados y presentes
de los traficantes mismos no lo son tanto, o no han
sido explorados con igual interés. Son más
numerosos los trabajos de internacionalistas, politólogos
y sociólogos, que los de economistas, historiadores
o de sociología de la cultura, por ejemplo.
Los traficantes tampoco parecen estar interesados
en la publicación de autobiografías.
La literatura, el teatro y el cine registran pocos
ejemplos de tratamiento del tema. En la música,
el género corridístico en México
ha incluido la sociodisea del tráfico de drogas
y es una excepción que ha trascendido fronteras.
Desconocemos aún muchos aspectos del fenómeno,
lo cual no impide constatar día a día
lo inapropiado de las políticas implementadas
supuestamente para solucionarlo, las cuales parecen
más bien diseñadas para agravarlo y
hacer de la llamada "guerra contra las drogas"
una guerra permanente.
México
Hay
varias décadas de distancia entre el inicio
de la presencia de México y la de Colombia
en el mercado de las drogas ilegales de Estados Unidos.
La vecindad geográfica con Estados Unidos,
el país más interesado en prohibir cierto
tipo de substancias psicoactivas desde principios
del siglo XX, como el opio, los opiáceos y
la cocaína, determinó el nacimiento
de un campo de actividades en México que antes
de la aprobación de la ley Harrison en 1914
era un negocio legal, aunque sometido a cierto tipo
de controles administrativos y sanitarios. Eran los
años de la revolución en México
(1910-1917); no obstante, el gobierno de Venustiano
Carranza (1915-1920) emitió en 1916 unas disposiciones
encaminadas a la prohibición del tráfico
de opio. La mayor parte del contrabando de esta substancia
de México hacia Estados Unidos pasaba principalmente
por dos localidades fronterizas del Distrito Norte
de Baja California (DNBC), Mexicali y Tijuana. El
opio proveniente del Lejano Oriente entraba por varios
puertos del Pacífico, como Salina Cruz, Acapulco,
Mazatlán y Ensenada, éste último
localizado a pocos kilómetros de la frontera
californiana. La medida propuesta por el gobierno
de Carranza iba dirigida particularmente contra los
intereses del jefe político y comandante militar
del DNBC (1914-1920), el coronel Esteban Cantú
-enemigo político de Carranza- quien según
las autoridades aduanales de Estados Unidos controlaba
el tráfico de opio en esa parte del país.
El DNBC tenía una población de 9,760
habitantes en 1910, y 23,532 en 1921. En Tijuana había
242 habitantes en 1900, y 1,028 en 1921. Con el dinero
así adquirido, Cantú pagaba parte de
los gastos de su administración y los salarios
de las tropas bajo su mando. El coronel Cantú
dispuso medidas similares a las de Carranza contra
el tráfico de opio en 1917, pero él
mismo se encargaba de violarlas al revender a través
de terceras personas, entre ellas su cuñado,
el opio decomisado. Cantú era pragmático
y no tenía prejuicios morales en cuestiones
relacionadas con el tráfico de opio. En control
político y militar de Cantú en la tierra
que gobernaba impidió que grupos ajenos a sus
intereses pudieran entrar al negocio. El tráfico
de opio era uno más de los negocios posibles
para gente en posiciones clave de poder político.
Los traficantes de esa época sabían
que sin la protección política tenían
pocas posibilidades de éxito y de supervivencia.
El coronel Cantú se autoexilió en Estados
Unidos cuando se enteró que los revolucionarios
vencedores, encabezados por el general Alvaro Obregón,
presidente de México de 1920 a 1924, enviarían
al general brigadier Abelardo L. Rodríguez
a controlar el DNBC en 1920, y por lo tanto a desplazarlo
del poder en esa parte del país. Rodríguez
fue gobernador del DNBC de 1923 a 1929. La Ley Volstead
entró en vigor en Estados Unidos en enero de
1920. Al tráfico de opio en la frontera norte
de México se sumó el del alcohol. Rodríguez
se convertiría en años posteriores en
presidente interino (1932-1934), en gobernador de
Sonora (1943-1947), en empresario exitoso y en propietario
de una de las fortunas más grandes del país
lograda desde posiciones de poder político.
En
1920 y 1926 se aprobaron en México leyes federales
para prohibir el cultivo y la comercialización
de la marihuana y la adormidera, respectivamente.
Los cultivos de esta última planta se concentraron
en estados del noroeste del país: Sonora, Sinaloa,
Chihuahua y Durango. Varios gobernadores de estados
norteños continuaron y afinaron la escuela
inaugurada por Cantú, directamente o a través
de sus principales operadores políticos o sus
jefes policiacos. El negocio del tráfico de
opio era lo suficientemente rentable como para no
dejarlo completamente en manos de los traficantes.
Una
característica del Estado surgido de la revolución
sería la creación de un ejército
con presencia nacional surgido de un movimiento popular,
modelado por los propios revolucionarios que habían
adquirido sus grados en combate y que se habían
convertido en la clase política gobernante.
Desde el triunfo de la revolución y hasta 1946
los presidentes tenían grados militares, al
igual que un gran número de gobernadores. Para
dirimir los conflictos entre las distintas facciones
de manera pacífica, el general Plutarco Elías
Calles funda el Partido Nacional Revolucionario (PNR)
en 1929, el cual, con diversos nombres (Partido de
la Revolución Mexicana, PRM, en 1938, y Partido
Revolucionario Institucional, PRI, a partir de 1946)
sería de facto un partido de Estado y dominaría
la vida política del país durante siete
décadas. Otra característica sería
la supremacía del poder ejecutivo federal sobre
el legislativo y el judicial y la concentración
de poder en el presidente de la república.
La relación personal con el presidente determinaba
muchos de los destinos de los gobernadores y de otros
miembros de la élite política, independientemente
del tipo de negocios en los cuales éstos tuvieran
intereses. Los problemas se arreglaban dentro de la
llamada "familia revolucionaria". En ese
contexto, la relación entre el campo del tráfico
de drogas y el del poder político era de supeditación
del primero al segundo. Desde un inicio los traficantes
fueron excluidos de la participación política
directa e indirecta y tampoco buscaron intervenir.
Dominaban en su campo de acción, pero estaban
en posición dominada en el campo más
amplio del poder político. Por lo mismo, y
por las dimensiones del mercado de la época
que limitaba su capacidad de acumulación económica,
su margen de autonomía para establecer sus
propias reglas del juego era muy reducido, de allí
que la violencia entre distintos grupos de traficantes
o de éstos contra las autoridades encargadas
de combatirlos no haya sido tan frecuente. Además,
el mercado interno era simbólico. El negocio
más rentable estaba al otro lado de la frontera.
Se producía y se trabajaba básicamente
para la exportación.
La
vigilancia e investigación de Estados Unidos
sobre México en relación con el comercio
del opio data por lo menos de 1911. Después
de la ley Harrison esas actividades continuaron con
mayor frecuencia. La embajada, los consulados estadounidenses
en distintas partes del territorio mexicano, y los
llamados agentes antinarcóticos, recopilaban
información relevante sobre el tráfico
de drogas, zonas de cultivo, nombres de traficantes,
y de políticos y policías que los protegían
o que poseían sembradíos, o que habían
invertido dinero en algunos de ellos. Esa información
era enviada a Washington, a los Departamentos de Estado
y del Tesoro. La prioridad del gobierno estadounidense
no era descubrir los nexos entre los funcionarios
gubernamentales y los traficantes, sino llevar a prisión
a estos últimos y convencer al gobierno de
México para que éste aprobara o modificara
leyes contra las drogas y penalidades para los infractores
similares a las de Estados Unidos, y realizara campañas
de destrucción de los cultivos ilícitos.
Las primeras campañas de destrucción
de cultivos de adormidera se realizaron a finales
de los años treinta. En 1938, las fuerzas armadas
intervinieron por primera vez en una campaña
de esa naturaleza en el estado de Sonora. El Departamento
de Salubridad era responsable de la política
sobre drogas y como tal tenía autoridad legal
para llamar en su ayuda a los militares. Estados Unidos
financió en sus inicios las campañas
a través de sus agentes antidrogas, quienes
además de indicar las zonas de cultivo que
había que destruir y acompañar a sus
homólogos mexicanos les pagaban un sobresueldo,
al igual que a los policías y militares, y
cubrían hasta los gastos por la renta de caballos
y el alimento para los mismos. El razonamiento era
simple: el peligro provenía del exterior y
costaba menos invertir en destrucción de plantíos
en el país productor que en agentes aduanales
a lo largo de la extensa frontera, o en investigación
y persecución policiaca en las calles estadounidenses.
En años posteriores, el gobierno mexicano y
el de los estados productores colaboraron con parte
del financiamiento, con dinero o mano de obra.
En
los años 1938-1939 la principal autoridad encargada
de asuntos de drogas del gobierno mexicano era el
Dr. Leopoldo Salazar Viniegra, funcionario del Departamento
de Salubridad. El médico había realizado
investigaciones sobre la marihuana y concluido que
su consumo no producía efectos peores que los
del tabaco y mucho menos provocaba actos criminales
como los que se le adjudicaban en la prensa de Estados
Unidos, incluso por altos funcionarios antidrogas
de ese país. El doctor Salazar proponía
crear hospitales subvencionados por el Estado para
el tratamiento de los adictos en México y proporcionarles
las drogas bajo vigilancia y control médico
y a precios de costo. Afirmaba que esas medidas alejarían
a los adictos de las actividades criminales y simultáneamente
provocarían el desinterés de los traficantes
por un negocio que ya no sería rentable. Las
ideas del doctor Salazar no eran del agrado de las
autoridades estadounidenses para quienes los adictos
eran primero criminales y luego enfermos. Harry Anslinger,
titular de la Oficina Federal de Narcóticos
de Estados Unidos de 1930 a 1962, se encargó
personalmente de movilizar a su gente, y a sus aliados
en otras partes del mundo, para refutar las tesis
del doctor Salazar y hacer ver al gobierno mexicano
el peligro que representaba una persona con esas ideas,
contrarias a la ortodoxia estadounidense en el tema
de las drogas. El doctor Salazar fue destituido en
1939, pero en 1940 el gobierno mexicano aprobó
un nuevo Reglamento General de Toxicomanías
en el que se consignaban claramente las propuestas
del doctor Salazar. Las autoridades antidrogas de
Estados Unidos señalaron que las medidas aprobadas
implicaban una reversión de la política
internacional sobre drogas narcóticas que se
había seguido en los últimos treinta
años. Ante esto, Estados Unidos decretó
un embargo de medicamentos narcóticos contra
México, el cual sería levantado una
vez que este país suspendiera el Reglamento.
Las drogas de uso médico importadas por México
de Gran Bretaña, Francia, Suiza y Holanda pasaban
de manera obligada por Estados Unidos. México
no tenía autorización de la Liga de
las Naciones para producir sus propios medicamentos
de las plantas que se cultivaban en el país,
pues la siembra de éstas y su comercialización
eran ilegales. México pagaba, por ejemplo,
cinco mil pesos por kilo de morfina importada de Holanda,
cuando hubiera podido producirla en su propio territorio
a precios más reducidos. Con la suspensión
del Reglamento, el gobierno mexicano abandonó
su propia estrategia, innovadora y avanzada para esa
época, y se vio obligado a ceder ante la presión
política y comercial estadounidense.
En
el terreno legal, la acumulación de información
del gobierno estadounidense acerca de la corrupción
de funcionarios no garantizaba que el gobierno de
México ejerciera alguna acción penal
contra algunos de ellos, en caso de ser informado
al respecto. Un ejemplo de esto fue el silencio en
el que se mantuvo durante dos años el caso
de un auto cargado de opio decomisado en Laredo, Texas,
en 1946. El auto pertenecía al coronel Carlos
Serrano, senador por el Distrito Federal y líder
de la Cámara de Senadores. El personaje era
una de los amigos más cercanos del primer presidente
civil después de la revolución, Miguel
Alemán. Serrano era también el creador
intelectual de la Dirección Federal de Seguridad
(DFS), la policía política del presidente,
fundada en 1947, el mismo año que la CIA. El
auto era conducido por un sobrino de Juan Ramón
Gurrola, el número dos en el mando de la DFS.
Según el reporte de la agregaduría militar
de la embajada de Estados Unidos en México,
el coronel Serrano era conocido también como
el "recolector privado del impuesto para el presidente".
Los principales dirigentes de la DFS, gente de Serrano,
estaban asimismo relacionados con el tráfico
de drogas, de acuerdo con el mismo reporte. La DFS
tenía atribuciones legales para intervenir
en asuntos de drogas. Algo curioso, dado que en ese
mismo año de 1947 el presidente Miguel Alemán
decide trasladar la responsabilidad del manejo de
la política sobre drogas del Departamento de
Salubridad a la Procuraduría General de la
República. En la práctica, la DFS, convertida
en dependencia de la Secretaría de Gobernación
en la administración de Adolfo Ruiz Cortinez
(1952-1958), se mostrará durante varias décadas
como la mediación estructural privilegiada
entre el campo político y el del tráfico
de drogas. Sus actividades de vigilancia y represión
política en los años de la guerra fría
serán altamente apreciados por los dirigentes
mexicanos y el gobierno estadounidense, tanto que
los negocios ilícitos de algunos de sus miembros
y sus nexos con grupos criminales pasarán a
segundo plano. El poder de la DFS era comparable,
según el reporte militar, al de la Gestapo.
Una institución como esa, bajo las órdenes
de la cúpula del poder político, difícilmente
habría dejado operar de manera autónoma
a los traficantes que habían acumulado mayores
fortunas durante la segunda guerra mundial y que no
estaban dispuestos a abandonar tan lucrativo negocio.
La DFS se encargaría de controlar cualquier
intento de desbordamiento.
El
mismo año de 1947 el presidente Miguel Alemán
anunció una "gran campaña"
de destrucción de cultivos de adormidera en
el noroeste del país. En la prensa de la ciudad
de México se lanzaron acusaciones contra el
gobernador del estado de Sinaloa (1945-1950), el general
Pablo Macías Valenzuela, exsecretario de Guerra
y Marina (1940-1942). Se dijo que el gobernador controlaba
el tráfico de opio y que en Sinaloa se encontraban
los principales traficantes de ese producto, llamados
localmente "gomeros". Una nota periodística
calificó al general Macías como el "rey
de la adormidera". Durante una semana no cesaron
los ataques. La gente del gobernador señaló
que detrás de esa campaña de prensa
se encontraba el general Lázaro Cárdenas,
expresidente de México (1934-1940) y exsecretario
de Guerra y Marina (1932-1934 y 1942-1945), y su grupo
político. El antecesor de Macías en
el gobierno de Sinaloa, el coronel Rodolfo T. Loaiza,
gente de Cárdenas, había sido asesinado
en 1944. Los cardenistas sospechaban que Macías
había sido el autor intelectual. Las investigaciones
habían mostrado que el homicida había
sido un pistolero de los terratenientes del sur de
Sinaloa, enemigos políticos de Loaiza y los
cardenistas. La campaña contra Macías
cesó una vez que el presidente Miguel Alemán,
aprovechando una oportuna gira de trabajo por el noroeste,
platicó con él. El conflicto entre dos
grupos políticos de la "familia revolucionaria"
fue resuelto con la intervención presidencial,
no a través del sistema de procuración
de justicia formal. Fue la primera vez que un grupo
político utilizó como arma la acusación
por tráfico de drogas para descalificar a otro
grupo del mismo partido gobernante. Los principales
funcionarios federales encargados de anunciar la "gran
campaña" contra la adormidera en la ciudad
de Culiacán, capital de Sinaloa, se hospedaron
en un hotel cuyo propietario era el principal traficante
de opio en el estado, Roberto Domínguez o Manuel
Macías, según las autoridades estadounidenses
y la gente local.
Una
cosa era cierta: Sinaloa era ya en los años
cuarenta el principal productor de adormidera y el
centro del negocio del opio en el país. El
arribo de traficantes serranos a la capital del estado,
quienes según la prensa tenían la costumbre
de arreglar sus diferencias a balazos, le imprimió
una dinámica distinta a la ciudad, o por lo
menos a la colonia donde la mayoría de ellos
se instaló. En los años cincuenta, debido
a la frecuencia de enfrentamientos mortales entre
traficantes, Culiacán fue bautizada por la
prensa como un "Chicago con gángsters
de huarache". Las disputas no eran seguramente
por el control de un mercado local o nacional para
su mercancía, pues éste era insignificante,
sino por lograr en un primer momento una mejor posición
como mayoristas y obtener mejores precios. No hay
que descartar otras razones más simples en
esos años: las antipatías personales,
exacerbadas o no por el alcohol, que entre gente armada
derivaban algunas veces en homicidios que se cargaban
automáticamente a la cuenta de los traficantes
sin investigación de por medio.
La
alta demanda de marihuana en el mercado estadounidense
en los años sesenta sorprendió al propio
Harry Anslinger, quien pensaba que el problema del
consumo de substancias psicoactivas ilícitas
y el negocio del tráfico de las mismas estaba
relativamente controlado gracias a la política
que él como ninguna otra persona había
contribuido a implantar dentro y fuera de Estados
Unidos. Desde la ley Harrison, la preocupación
principal había sido el opio y los opiáceos
y la destrucción de cultivos de adormidera.
El fenómeno de los años sesenta obligó
a revalorizar y ampliar la estrategia de destrucción
de cultivos. El principal abastecedor de la hierba
era México, donde ya en el siglo XIX había
noticias de su cultivo y de usos sociales más
frecuentes y extendidos que los del opio y sus derivados,
sobre todo en algunos grupos de las clases populares.
Presiones constantes de grupos políticos y
empresariales de California sobre las autoridades
antidrogas estadounidenses y del Departamento de Estado,
y sobre las mexicanas, iniciadas en los años
cincuenta, se recrudecieron en los sesenta, pues afirmaban
que Tijuana, en el lado mexicano, era un centro de
vicio donde los jóvenes californianos y los
militares de la base naval de San Diego adquirían
drogas. El gobierno de Estados Unidos consideraba
que el de México no hacía lo suficiente
para destruir los cultivos ilícitos e impedir
que la droga cruzara la frontera. El presidente Richard
Nixon, de origen californiano, decidió entonces
poner en marcha la llamada "Operación
Intercepción" en 1969, una medida unilateral
que consistía en realizar inspecciones minuciosas
de vehículos y personas a todo lo largo de
la frontera con México para detectar supuestamente
el contrabando de drogas. La medida no tuvo repercusiones
importantes en relación con ese objetivo. Más
allá de las fricciones diplomáticas
entre México y Estados Unidos debido a ese
asunto, y de las críticas internas que lo acusaban
de tensar sin necesidad la relación bilateral,
Nixon logró poner en uno de los primeros lugares
de la agenda política estadounidense un tema
de perfil relativamente bajo durante varias décadas.
Obligó también al gobierno mexicano
a escuchar con mayor atención las demandas
estadounidenses relacionadas con las drogas y a responder
con mayor prontitud a las mismas.
Importantes
cultivos de marihuana se localizaron en las mismas
zonas donde se había concentrado el cultivo
de adormidera desde el inicio de las prohibiciones,
esto es el noroeste del país, aunque en otros
estados las cosechas también se pesaban por
toneladas. Entre los traficantes del noroeste destacaron
particularmente los del estado de Sinaloa, por lo
menos desde la segunda guerra mundial. Las campañas
antidroga realizadas en Sonora -estado que comparte
frontera con Estados Unidos- en los años treinta
y cuarenta lograron disminuir la importancia de los
cultivos en esa entidad durante algún tiempo,
pero los plantíos se desplazaron y multiplicaron
con mayor intensidad y en lugares más inaccesibles
en el estado vecino, Sinaloa. El opio extraído
de los cultivos de adormidera en las zonas serranas
de Durango y Chihuahua salía hacia el mercado
estadounidense por Sinaloa y de allí hacia
la frontera con Arizona o California. También
hacia Ciudad Juárez, vía Guadalajara
o la ciudad de México. La demanda posterior
de marihuana en Estados Unidos fue cubierta sin problemas
por traficantes experimentados que se habían
iniciado en el tráfico de opio y heroína
y ya tenían varios años en el negocio,
y que habían heredado el saber hacer de padres
y abuelos. Informes de autoridades antidrogas de Estados
Unidos señalan con mayor frecuencia el nexo
entre poder político y tráfico de drogas
en el estado de Sinaloa, más que en otros estados.
Hay muchas probabilidades de que esa relación
privilegiada haya contribuido para que los sinaloenses
lograran una temprana ventaja comparativa sobre sus
competidores en el campo del tráfico de drogas
en México. Los "gomeros" incrementaron
más rápidamente sus ingresos al diversificar
sus actividades. Como era de esperarse, el crecimiento
del negocio atrajo a más gente y provocó
mayores y más visibles disputas entre traficantes
y enfrentamientos con autoridades policiacas.
En
la década de los sesenta hubo pocas menciones
a la cocaína en la prensa. La que circulaba
provenía de Europa, Buenos Aires, Panamá
y principalmente Cuba, cuyos traficantes la adquirían
en Perú. Entre los usuarios de la droga figuraban
ricos y políticos, quienes frecuentaban los
prostíbulos de lujo donde se vendía.
El gramo de cocaína en el mercado ilícito
en México costaba diez veces más que
el precio autorizado para fines farmacéuticos.
Un agente antidrogas de Estados Unidos que realizó
investigaciones en México en 1959 de manera
encubierta señaló que los principales
proveedores de heroína y cocaína se
encontraban entre los miembros de la comunidad árabe
y entre los italomexicanos. Uno de los traficantes
mexicanos de ascendencia árabe le confió
que conseguía la cocaína a través
de diplomáticos peruanos, quienes utilizaban
las ventajas de la valija diplomática. Y que
en ocasiones anteriores se la había comprado
a un árabe radicado en La Habana. Un informe
para el presidente de Estados Unidos, preparado por
un comité especial encabezado por el titular
del Departamento del Tesoro, mencionó que México
era "ocasionalmente" lugar de tránsito
para la cocaína procedente de Perú y
Bolivia. La cocaína incinerada por las autoridades
mexicanas entre 1965-1969 fue inferior a 20 kilos
y poco menos de 30 kilos en los años 1960-1970.
En
la década de los sesenta fueron destruidas
casi 2,400 hectáreas sembradas de marihuana
y se decomisaron poco menos de 500 toneladas. Entre
1970 y 1976, esas cifras pasaron a más de 13,300
hectáreas y alrededor de 3,800 toneladas, respectivamente.
Los decomisos de cocaína en este último
periodo llegaron a 1,089 kilogramos. Y en los mismos
años fueron destruidas aproximadamente 25,000
hectáreas de adormidera. En 1976 un colombiano
es detenido en el aeropuerto de la ciudad de México
al intentar introducir 13 kilos de cocaína,
la mayor cantidad decomisada a un individuo hasta
entonces. En el mes de enero de 1977, el gobierno
mexicano da inicio oficialmente a la llamada "Operación
Cóndor" (en realidad había comenzado
en noviembre de 1975), la mayor campaña antidrogas
jamás realizada en el país en la que
participaron más de diez mil soldados y encabezada
por el general Jesús Hernández Toledo,
quien tenía en su hoja de servicios haber participado
al mando de tropas que se enfrentaron con estudiantes
el dos de octubre de 1968 en Tlatelolco. El coordinador
de la campaña antidrogas en el noroeste, de
parte de la PGR, era Carlos Aguilar Garza, un funcionario
que años más tarde, en 1984, fue detenido
con 6 kilos de heroína y cocaína en
Tamaulipas. También fue detenido en Texas,
donde fue acusado de tráfico de drogas, pero
fue entregado a policías judiciales federales
mexicanos. En 1993 terminó sus días
asesinado. El operativo militar iba acompañado
del uso del paraquat para fumigar los sembradíos
de adormidera y marihuana. Con el apoyo de 24 agentes
de la DEA, la mayoría pilotos, se habían
iniciado en noviembre de 1975 vuelos de reconocimiento
y verificación de áreas fumigadas. Hubo
éxodo masivo de campesinos serranos hacia las
ciudades y se documentaron cientos de casos de tortura
y violación de los derechos humanos. La campaña
(noviembre de 1975 a marzo de 1978) tuvo un cierto
éxito en lo que se refiere a la destrucción
de cultivos ilícitos, lo cual provocó
menor calidad de la heroína y la marihuana
de origen mexicano en el mercado estadounidense, pero
el costo social fue alto. Además, ningún
líder importante del negocio fue detenido.
La mayoría de las personas enviadas a prisión
eran simples peones. Según un analista de la
CIA, con la "Operación Cóndor"
el gobierno había tratado de facto el asunto
de las drogas como un tema de seguridad nacional.
Años después, en 1986, el presidente
Reagan decidiría que para Estados Unidos el
tráfico de drogas debía ser considerado
como un asunto de seguridad nacional. Varios países
bajo su influencia adoptarían casi inmediatamente
la misma tesis, con o sin fundamento, y sus consecuencias
lógicas: la militarización de la lucha
antidrogas.
En
1975 fue capturado por la policía judicial
federal mexicana Alberto Sicilia Falcón, un
traficante de origen cubano que operaba en el país,
pionero en el contrabando de cocaína hacia
Estados Unidos. Su socio, el químico hondureño
Juan Ramón Matta Ballesteros, era el enlace
con los colombianos, entre los cuales Pablo Escobar.
Matta continuó el negocio al asociarse con
el sinaloense Miguel Angel Félix Gallardo,
quien antes de convertirse en poderoso traficante
había trabajado como policía judicial
en su estado natal y como guardaespaldas de los hijos
del gobernador de Sinaloa Leopoldo Sánchez
Celis (1963-1968), quien fue su padrino de boda y
protector político. A pesar de tener por lo
menos catorce órdenes de arresto en su contra
desde 1971, Félix Gallardo viajaba sin problemas
por todo el país. En círculos políticos,
económicos y sociales era conocido como empresario
exitoso. Era accionista y cliente distinguido de un
banco (Somex), cuyo director general entre 1976 y
1982 fue el conocido político del PRI Mario
Ramón Beteta (exsecretario de Hacienda, exdirector
general de PEMEX y exgobernador del Estado de México).
Félix Gallardo tenía una vida social
intensa. Fue padrino del hijo del exgobernador Sánchez
Celis en su boda, en 1983. En 1985, inauguró
un negocio de venta de autos de su ahijado y socio.
Las fotos de esos eventos fueron publicadas en la
sección de sociales de un periódico
de Culiacán. Félix Gallardo tenía
un poder mágico: se volvía invisible
ante los ojos de las autoridades. Algunas estimaciones,
que habría que tomar con reservas, señalan
que a mediados de los años ochenta Félix
Gallardo enviaba a la frontera alrededor de una tonelada
y media de cocaína mensualmente a Pablo Acosta,
quien vigilaba y aseguraba el contrabando de cinco
toneladas mensuales a través de Ojinaga, en
Chihuahua, cuando el consumo de esa substancia en
Estados Unidos se calculaba en 100 toneladas anuales.
A
raíz de la "Operación Cóndor"
los líderes más importantes del tráfico
de drogas en Sinaloa se trasladaron a Guadalajara,
capital del estado de Jalisco, una de las tres ciudades
más grandes e industrializadas del país.
Más que un castigo por haberlos sacado de su
territorio de origen, el cambio de cuartel general
implicó mayores beneficios en términos
de infraestructura, posibilidades de inversión
y de lavado de dinero. Lo que no modificaron los traficantes
fueron sus hábitos culturales, el uso de la
violencia y sus estrategias de corrupción.
En poco tiempo los traficantes regresaron a Sinaloa,
pero con la ventaja de haber extendido sus negocios
a otras partes del país. El peor error que
pudieron cometer fue haber secuestrado y asesinado
en Guadalajara en 1985 al agente de la DEA, Enrique
Camarena, y al piloto mexicano Alfredo Zavala. El
traficante sinaloense Rafael Caro Quintero fue señalado
como responsable. Las investigaciones de la DEA habían
descubierto grandes plantíos de marihuana en
varios estados del país, los cuales habían
sido destruidos por las autoridades mexicanas. Caro
Quintero había invertido y perdido mucho dinero
en el negocio y estaba enojado. El gobierno de Estados
Unidos presionó con fuerza al de México
para resolver el homicidio de su agente. Para la DEA,
los nexos entre la DFS y la Policía Judicial
Federal (PJF) con los traficantes eran evidentes y
tenían información al respecto. Sin
embargo, sabían que el FBI y la CIA protegían
a personajes importantes de esas corporaciones porque
privilegiaban su cooperación para combatir
a los enemigos políticos comunes, un objetivo
de mayor trascendencia para esas agencias. Según
un informante que la DEA consideraba confiable, la
DFS era el verdadero cerebro de la reorganización
de los grupos de traficantes en México y también
funcionaba como brazo armado para eliminar a la competencia
de los protegidos. Estados Unidos mantuvo la presión
y el presidente Miguel de la Madrid decidió
desaparecer la DFS. Algunos comandantes policiacos
fueron encarcelados por haber recibido sobornos de
los traficantes. Los miembros de la DFS encontraron
trabajo en otras corporaciones policiacas o se dedicaron
de tiempo completo a actividades criminales. En lo
inmediato, el gobierno mexicano no creó ninguna
otra institución con funciones y autoridad
similares a las que había tenido la DFS durante
casi cuatro décadas. Esto implicó un
mayor grado de autonomía relativa de los grupos
de traficantes respecto del poder político.
La PJF concentró en su lugar mayor fuerza para
mediar entre el campo político y el tráfico
de drogas. Félix Gallardo fue detenido en Guadalajara
en 1989 por su presunto compadre el comandante de
la PJF Guillermo González Calderoni. Se le
acusó de varios delitos contra la salud y de
estar implicado en al caso Camarena. Recibió
una sentencia de 40 años de prisión.
Caderoni fue un operador clave del gobierno mexicano:
dirigió el operativo donde murió Pablo
Acosta en 1987, y arrestó en 1988 a los principales
traficantes de heroína de Durango, que controlaban
la ruta Durango-Chicago, Jaime Herrera Nevares y Jaime
Herrera Herrera.
La
captura de Félix Gallardo provocó la
división de la organización. De allí
surgieron los principales líderes sinaloenses
que controlarían el tráfico de drogas
en el país con nuevas organizaciones igual
o más poderosas: Amado Carrillo, los hermanos
Arellano Félix, el "Chapo" Guzmán
y el "Güero Palma", por ejemplo. La
mayoría de origen rural, con la excepción
de los Arellano, jóvenes de clase media de
Culiacán con mayor capital escolar. El único
grupo que no dependía de los sinaloenses era
el que encabezaba Juan García Abrego, de Tamaulipas,
a quien surtían de cocaína los traficantes
de Cali. Según el informe de un agente encubierto
del FBI, García Abrego contó con la
protección de su amigo el comandante Calderoni,
originario del mismo estado, por lo menos desde 1986.
En la administración de Carlos Salinas de Gortari
(1988-1994), el grupo de García Abrego fue
el más poderoso. Había sospechas que
Raúl Salinas, hermano del presidente, lo protegía.
Calderoni había realizado, entre otras cosas,
espionaje político contra el PAN por encargo
de Raúl, quien actualmente purga una condena
de más de 20 años acusado de ser el
autor intelectual del asesinato de su cuñado,
José Francisco Ruiz Massieu, quien fuera presidente
nacional del PRI. A Raúl se le descubrieron
cuentas en Suiza bajo nombres falsos por más
de 100 millones de dólares. Calderoni fue acusado
de "enriquecimiento inexplicable" en 1993,
pero huyó a Estados Unidos antes de que lo
pudieran capturar. Allí encontró refugio
como testigo protegido de la DEA, se dijo. Murió
asesinado en McAllen, Texas, luego de salir de la
oficina de su abogado, el 5 de febrero de 2003. Las
autoridades de Estados Unidos todavía no encuentran
al homicida. García Abrego fue capturado en
1996 y extraditado a Estados Unidos. Los sinaloenses
aprovecharon la coyuntura para incrementar su poderío.
La organización de Amado Carrillo, "El
Señor de los Cielos", que según
el extesorero del grupo de Cali Guillermo Palomari
había iniciado negocios desde 1992 con Miguel
Rodríguez Orejuela , se colocó a la
cabeza de la estructura oligopólica liderada
por sinaloenses. El trato era el siguiente: la mitad
de Rodríguez y la otra para Carrillo. Éste
se comprometía a pasar la droga del grupo de
Cali a Estados Unidos. En los años ochenta,
Amado Carrillo fue enviado a Ojinaga por Félix
Gallardo para trabajar con Pablo Acosta y vigilar
los envíos de cocaína. En 1993, los
hermanos Arellano trataron de asesinarlo en un restaurante
de la ciudad de México. Viajaba frecuentemente
a Las Vegas, donde la DEA nunca lo vio. Tampoco el
Mossad cuando estuvo en Jerusalén cargando
una cruz por la Vía Dolorosa. Ni el servicio
secreto cubano en las ocasiones que visitó
la isla. En 1997, el titular del Instituto Nacional
para el Combate a las Drogas (INCD), el general Jesús
Gutiérrez Rebollo, fue acusado de proteger
a Carrillo. Perseguido desde entonces con mayor vigor,
Carrillo propuso un trato al gobierno mexicano, según
información de inteligencia militar. Quería
la mitad de sus bienes, tranquilidad para su familia
y libertad para realizar sus negocios a cambio de
colaborar para controlar a los traficantes desorganizados,
dejar de vender droga en México y enviarla
toda a Estados Unidos y Europa, ayudar a la economía
mexicana con sus dólares, no usar la violencia
y actuar como empresario. Murió el 4 de julio
de 1997 de complicaciones postoperatorias luego de
una cirugía plástica en una clínica
de la ciudad de México. Según la policía,
quería controlar su negocio sin la mediación
de los colombianos y expandirlo hacia Australia. Había
hecho arreglos para instalarse en Chile. También
había adquirido propiedades en Argentina.
En
1993, el cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo
y su chofer fueron acribillados en el estacionamiento
del aeropuerto de Guadalajara. Las autoridades señalaron
que gatilleros de los hermanos Arellano habían
confundido a Posadas con el "Chapo" Guzmán,
a quien querían matar y quien se encontraba
en ese momento en el aeropuerto con varios guardaespaldas.
Guzmán escapó del atentado en medio
de la balacera. Un mes después fue capturado
y enviado a Almoloya, una prisión de alta seguridad.
Por su parte, Ramón y Benjamín Arellano
tuvieron reuniones con el representante del Vaticano
en México, Girolamo Prigione, en su casa de
la ciudad de México, en diciembre de 1993 y
en enero de 1994. Le aseguraron que ellos no eran
los culpables y le dieron una carta para el Papa.
Prigione llamó al presidente Salinas, fue a
la residencia oficial y se reunió con él,
el procurador general de la república y el
secretario de gobernación. Los Arellano se
rendirían a cambio de un arreglo. El procurador
le sugirió al presidente no aceptar ningún
trato. No se hizo nada para detenerlos. Siguieron
traficando drogas y ejerciendo la violencia contra
adversarios y autoridades con la ayuda de sicarios
reclutados entre los jóvenes de la clase alta
de Tijuana y otros de origen popular del Barrio Logan
de San Diego, California. Casi diez años después,
en la administración de Fox, Ramón murió
en un enfrentamiento con policías en Mazatlán,
en febrero de 2002, y al mes siguiente Benjamín
fue capturado en Puebla por un grupo especial de militares.
Los demás hermanos siguen operando el negocio.
A principios de septiembre de 2003 la DEA ofreció
una recompensa de cinco millones de dólares
por información que pueda llevar a su captura.
En
un documento sobre el problema de las drogas elaborado
de manera conjunta entre México y Estados Unidos
en 1997 se afirmó acerca de México:
"Los narcotraficantes no han logrado reflejar
su poder económico en un poder político
equivalente
no tienen la capacidad de enfrentarse
abiertamente en venganza al Estado y a las instituciones
responsables del control y la procuración de
justicia. Si bien algunos acontecimientos pueden indicar
lo contrario, tales como los homicidios selectivos,
el énfasis debe hacerse en que no se trata
de una respuesta sistemática y recurrente"
.
Colombia
El
Código Penal colombiano de 1936 estableció
penas y multas para las personas que de manera clandestina
o fraudulenta elaboraran, distribuyeran, vendieran
o suministraran sustancias narcóticas. La ley
n° 45 de 1946 prohibió el cultivo de la
hoja de coca y consideraba como traficante ilegal
a cualquier persona en posesión de morfina,
cocaína, heroína o cualquier otra droga
narcótica. En los años setenta el Departamento
Administrativo de Seguridad (DAS), institución
dependiente directamente del presidente de la República,
como lo fue en sus inicios la DFS en México,
tuvo la responsabilidad de perseguir el comercio de
narcóticos. El director de esta institución
en el gobierno de Pastrana (1970-1974), el general
Jorge Ordóñez Valderrama, fue señalado
varias veces como alguien relacionado con el tráfico
de cocaína. Incluso la Policía Nacional
acusó al DAS de tener nexos con ese negocio.
En 1978, la autoridad del DAS en asuntos antidrogas
fue transferida a la Policía Judicial, dependiente
de la Procuraduría General de la República.
Durante el gobierno de Virgilio Barco (1986-1990)
el DAS, dirigido por el general Miguel Maza Márquez,
jugó un papel más intenso en la lucha
antidrogas, particularmente contra el grupo de Pablo
Escobar .
Uno
de los efectos de la "Operación Cóndor"
(OC) fue la reducción de la producción
de adormidera y marihuana en México, país
que hasta entonces había sido el principal
abastecedor de esta última planta en el mercado
estadounidense. El cultivo y tráfico de la
hierba en Colombia no era tan antiguo como en México
-se dice que en Colombia se cultivaba desde los años
cuarenta-; la mercancía colombiana tampoco
significaba la parte más grande del mercado
estadounidense. Sin embargo, en pocos años,
los traficantes colombianos mostraron una agresiva
capacidad empresarial y lograron colocarse en el primer
lugar. En 1978 se estimaba que las tres cuartas partes
de la marihuana vendida en Estados Unidos provenían
de Colombia. Luego seguía México en
orden de importancia con el 11 %, y Jamaica y Estados
Unidos con el 7% cada uno . Como consecuencia de la
OC la marihuana colombiana ganó terreno en
las preferencias de los consumidores de Estados Unidos.
Colombia empezó a destacar en el negocio del
tráfico de drogas hacia ese país como
seis décadas después que México,
pero en una época de cambios drásticos
en el mercado. La demanda había crecido a una
velocidad insospechada en pocos años. Varias
generaciones de traficantes mexicanos habían
acumulado ya un saber hacer y una experiencia en el
contrabando de drogas, y habían desarrollado
también varias rutas y redes. La existencia,
por razones históricas y de vecindad geográfica,
de un gran número de residentes de origen mexicano
en Estados Unidos, era una ventaja adicional para
introducir la droga a ese país. Esas características
serían de gran utilidad posteriormente para
los negocios de los traficantes mexicanos y colombianos.
A
diferencia de México, el campo del tráfico
de drogas en Colombia no nació en posición
de dependencia del poder político local o central,
ni necesitó de su protección para poder
despegar. Surgió fuera de él y los traficantes
se introdujeron en el campo político, en las
corporaciones policiacas y en las fuerzas armadas
a través de estrategias de corrupción
de algunos de sus miembros. La débil o nula
presencia del Estado colombiano en vastas zonas de
su territorio implicó la posibilidad de una
autonomía muy grande respecto del poder político
desde el inicio del negocio. No parece haber habido
controles muy estrictos sobre los cultivadores y traficantes
de marihuana durante el gobierno de Alfonso López
Michelsen (1974-1978). Tampoco una actitud de condena
moral socialmente generalizada hacia las personas
que se lanzaron a la aventura. El negocio era nuevo
y el ingreso de divisas considerable; las únicas
restricciones que parecen haber existido eran las
autoimpuestas. La acumulación fue inmensa y
rápida. Y muy evidente la tolerancia, la incapacidad
institucional o el dejar hacer. Peter Bensinger, administrados
de la DEA, sugirió al presidente López
Michelsen la intervención de los militares
en julio de 1978. Pero fue el presidente entrante,
Julio César Turbay Ayala (1978-1982), quien
anunció el envío de las fuerzas armadas
a la Guajira, luego de haber declarado que la economía
de la droga significaba "una amenaza para la
seguridad nacional". Tesis que el presidente
Ronald Reagan se encargará de institucionalizar
el 8 de abril de 1986, al firmar la National Security
Decision Directive (número 221, "Narcotics
and National Security), documento que afirmaba que
el tráfico de drogas era una amenaza seria
para la seguridad nacional, especialmente fuera de
Estados Unidos; y la existencia de la cooperación
estrecha de algunos grupos insurgentes y terroristas
con traficantes de drogas y el aprovechamiento de
ese nexo como fuente principal de financiamiento,
entre otras cosas . La "Operación Fulminante"
en Colombia, de noviembre de 1978 a marzo de 1980,
movilizó a diez mil soldados, una cantidad
de efectivos militares similar a la de la OC en México.
Se planteó la posibilidad de usar defoliantes
para destruir los cultivos. En poco menos de un año
fueron destruidas más de diez mil hectáreas
de marihuana y 3,500 toneladas decomisadas. Cantidad
no muy lejana de lo destruido y decomisado en México
en seis años, de 1970 a 1976. Hubo protestas
de cultivadores y políticos de la región
contra los excesos de los militares, casos de corrupción
de éstos e inconformidad al interior de las
fuerzas armadas por emplear a sus miembros en actividades
de corte policiaco . Por su parte, la DEA llevó
a cabo a partir de diciembre de 1975 la llamada "Operation
Stopgap", que consistía en vuelos operados
por agentes de esa oficina sobre la costa de la Guajira
con el objetivo de reportar embarcaciones sospechosas
que salían de allí y avisar a la Guardia
Costera de Estados Unidos para detenerlas. Hacia 1978
las autoridades de la DEA calculaban que habían
logrado reducir en un tercio el flujo de marihuana
de Colombia a Estados Unidos . Turbay también
negoció y concluyó un tratado de extradición
con Estados Unidos.
Ante
el "boom marimbero" y sus efectos en la
economía y en la sociedad, a partir de 1977
la Asociación Nacional de Instituciones Financieras
(ANIF), presidida por Ernesto Samper Pizano, elegido
posteriormente presidente de Colombia para el periodo
1994-1998, empezó a propone medidas acerca
de la legalización de la producción
y comercialización de la marihuana. En México,
esto jamás sucedió. Nunca hubo organizaciones
empresariales, políticas o civiles que se manifestaran
en ese sentido. Posturas individuales de algunos intelectuales
se manifestarían en ese país en los
años noventa y posteriormente. En 1981 Samper
declaró: "Si Colombia no legaliza la marihuana,
la economía nacional se verá erosionada
y desestabilizada, se consolidará la impunidad
de las mafias de traficantes y se corromperán
totalmente ante la tentación del dinero fácil
la policía los jueces y las fuerzas militares"
. En México tampoco hubo algo similar a la
"ventanilla siniestra", abierta en la gestión
de López Michelsen, ni amnistía económica,
como la aprobada en 1983 en el gobierno de Betancur,
que hizo posible la legitimación de fortunas
de traficantes y les permitió participar en
la política institucional . Las divisas del
tráfico entraban a la economía mexicana
sin necesidad de aprobar medidas institucionales particulares
ni discutir de manera pública su importancia
relativa. En las zonas productoras y de tráfico
eran visibles las inversiones en consumo suntuario,
bienes raíces, ranchos, hoteles, boutiques,
etc. En política no participaban ni el partido
de Estado se los permitía.
Aunque
ya había indicios de una demanda importante
de cocaína en el mercado de Estados Unidos
en los años setenta, el gobierno de ese país
estaba más preocupado por la marihuana, droga
de consumo más extendido. Según la DEA,
A mediados de esa década Miami se había
convertido en la capital de la droga en el Hemisferio
Occidental. Hacia 1979 el negocio de las drogas en
Florida se calculaba en diez mil millones de dólares
anuales. El más grande de ese estado de la
unión americana. Los colombianos estaban presentes
y se enfrentaban a tiros en territorio estadounidense
entre ellos y contra los cubanos que los habían
precedido en el tráfico de cocaína.
El grupo de traficantes de Medellín (Pablo
Escobar, Jorge Ochoa, Carlos Lehder, Rodríguez
Gacha y otros) surgió como el más poderoso.
Para combatir el tráfico a través de
las rutas del Caribe, el gobierno de Ronald Reagan
puso en marcha la llamada South Florida Task Force
en 1982, bajo el mando del vicepresidente George Bush.
Reagan señaló que estaba teniendo éxito
en sus objetivos: los decomisos de marihuana se habían
incrementado en 35%, los de cocaína en 56%,
y en 27% los arrestos . Muy pronto esa estrategia
tendría otro tipo de repercusiones en el uso
más intensivo de las rutas existentes a través
de México y en una asociación más
estrecha entre traficantes mexicanos y colombianos.
El
gobierno de Estados Unidos afirma que en la actualidad
Colombia produce el 75% de la cocaína en el
mundo y que un 65% de la misma pasa a través
de México. Esto se da a pesar de las medidas
puestas en práctica por los tres países
para contener el tráfico. Dada esa situación,
es de pensarse que los traficantes colombianos dependen
tanto de los mexicanos como éstos de aquéllos
para introducir la mercancía a territorio estadounidense.
Son eslabones complementarios e interdependientes
de una misma cadena. Hasta el momento no se han observado
conflictos sangrientos que podrían derivarse
del apetito de unos y otros para apoderarse de un
mayor segmento del mercado. La violencia generada
por las organizaciones de traficantes dentro de México
y Colombia, que resulta de conflictos de intereses
y la competencia, no se ha aplicado en los tratos
internacionales.
No
hay noticias de que los traficantes colombianos hayan
querido operar directamente en territorio mexicano
como lo hicieron en Estados Unidos, ni que hayan tratado
de desplazar a balazos a sus socios mexicanos. Al
contrario, establecieron relaciones de negocios pragmáticas
para potenciar las respectivas ventajas comparativas,
entre otras la larga frontera de México con
el principal consumidor de drogas ilícitas
en el mundo. Han existido y existen enlaces, intermediarios
o representantes, mas no organizaciones colombianas
o sucursales de las mismas que hayan intentado controlar
directamente territorio, rutas y mercado. Hubo y hay
también probablemente ciertas afinidades de
carácter personal que han facilitado el éxito
de la empresa conjunta.
En
Sinaloa se dice que Gonzalo Rodríguez Gacha,
alias "El Mexicano", tuvo reuniones con
Félix Gallardo en su casa de playa (Altata),
a unos setenta kilómetros de Culiacán.
Esa propiedad se encuentra a pocos metros de la casa
de playa destinada al gobernador de Sinaloa. Según
la DEA, otro de los socios de Sicilia Falcón
en el sur de Sinaloa era Manuel Salcido Uzeta, alias
"El Cochiloco", también aliado de
Félix Gallardo, un personaje con fama de sanguinario
cuya base de operaciones se encontraba en el puerto
de Mazatlán. Desde principios de los años
setenta surgieron en el norte de México canciones
populares, en la tradición del corrido, que
hablaban de historias del tráfico de drogas,
de traficantes y policías, con una visión
distinta a la oficial y más cercana a las percepciones
del fenómeno de los propios traficantes y de
la gente común de las regiones productoras
y de tráfico. Salcido era amante de este tipo
de música. Pagaba para que le compusieran canciones
en su honor. Es muy probable que en sus viajes a Sinaloa
Rodríguez Gacha haya escuchado y desarrollado
el gusto por esos corridos, con acompañamiento
de música norteña o mariachi. Hay innumerables
ejemplos de esa abundante producción musical
y su éxito de tres décadas ha trascendido
fronteras. Además de negocios, los traficantes
mexicanos y colombianos han compartido expresiones
culturales que han contribuido a la construcción
de sus identidades. Han compartido afinidades éticas
y estéticas. Algunas fincas de Rodríguez
Gacha tenían nombres de ciudades mexicanas.
Pablo Escobar se hizo fotografiar con sombrero de
charro, sarape, cananas y una carabina, al estilo
de lo se percibe en el exterior como el estereotipo
del revolucionario mexicano.
Estados
Unidos ha insistido particularmente en tres componentes
de la política antidrogas: la fumigación
de los plantíos ilícitos, las extradiciones,
y la militarización de la lucha antidrogas.
Los distintos gobiernos colombianos, desde la administración
Turbay, han reaccionado a esos temas impuestos por
Estados Unidos más o menos de manera similar,
aunque con algunas variantes y matices, pero finalmente
en un sentido más acorde a la estrategia ajena,
a veces compartida, y sin que el cultivo, tráfico
y consumo de drogas haya disminuido o se vislumbre
una solución razonable. Al contrario, los resultados
han sido inversos a los objetivos perseguidos. Los
datos de incremento de hectáreas cultivadas
de hoja de coca y adormidera, por ejemplo, a pesar
de poco más de dos décadas de fumigaciones
de plantíos ilícitos son elocuentes.
Otros países en situaciones similares han seguido
desafortunadamente el mismo camino. En el caso de
México se agrega como tema recurrente la solicitud
para que los agentes de la DEA puedan portar armas
en territorio nacional. Petición que se ha
denegado cada vez que surge. Lo cual no significa
necesariamente que la prohibición sea respetada.
Después
de la OC, los militares mexicanos no volvieron a tener
un papel protagónico similar. Continuaron apoyando
a la PGR en la destrucción de cultivos, como
lo venían haciendo desde los años treinta.
A partir de 1995 varios militares son nombrados para
ocupar puestos operativos en la PGR, pero son retirados
posteriormente. En la administración Fox (2000-2006),
que desplazó al partido que mantuvo el poder
durante 71 años, un general es nombrado como
titular de la PGR, y éste a su vez coloca en
puestos operativos a sus colegas militares. Además,
grupos de élite de las fuerzas armadas se ocupan
de realizar operaciones de inteligencia y la captura
de varios líderes de las organizaciones más
importantes del tráfico de drogas en México.
Esto significa un desplazamiento de facto de la autoridad
de la PGR a la Secretaría de la Defensa Nacional
(SEDENA) para operar la estrategia antidrogas, sin
modificación del marco legal, sólo la
aplicación de la voluntad presidencial basada
en el artículo 89 de la Constitución,
considerado superior al 129 del mismo texto .
Pablo
Escobar y Carlos Lehder participaron en la política
de manera abierta. Escobar llegó a ser diputado
suplente en 1982. En México, a los traficantes
la política les estaba vedada. La clase gobernante
del partido de Estado se encargó de mantenerlos
fuera de ese campo. Jamás intentaron romper
la barrera. Las estrategias de violencia extrema,
terroristas, impulsadas y practicadas por Pablo Escobar
y su gente para tratar de influir en las decisiones
del gobierno colombiano en temas como la extradición
dejaron un saldo sangriento que incluyó, entre
muchos otros, a miembros prominentes de la clase política,
como el ministro de justicia Rodrigo Lara Bonilla
en 1984. En comparación, sólo fueron
tres las bombas que explotaron en México. Dos
de ellas fueron detonadas frente a casas de colonias
residenciales de Culiacán en mayo de 1992 (administración
de Francisco Labastida, 1987-1992), con saldo de un
velador muerto y destrozos a autos, puertas y ventanas
de las casas vecinas; y la otra (junio de 1994) estalló
entre las manos de quienes trataban de ponerla cerca
del salón de fiestas de un hotel en Guadalajara
donde se festejaba a una quinceañera, hija
del presunto traficante sinaloense Luis Enrique Fernández
Uriarte. Las bombas eran de manufactura casera. Fueron
puestas por traficantes que se enfrentaron a grupos
rivales, todos ellos sinaloenses. Entre los representantes
del Estado, agentes y comandantes de la policía
judicial federal, encargados de la persecución
de traficantes, cayeron abatidos a tiros. No siempre
por tratar de hacer cumplir la ley, sino por su doble
juego y traiciones. No hubo una estrategia deliberada
de guerra frontal contra el Estado y tampoco atacaron
a ningún miembro del campo político.
La violencia extrema no desbordó los límites
tradicionales, es decir el propio campo del tráfico
de drogas y las corporaciones policiacas. Posteriormente,
en 2001, surgiría el caso aislado de dos jueces
asesinados en Mazatlán. En cuanto a las extradiciones,
la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN)
ha rechazado aquellas que por los cargos en Estados
Unidos implican cadena perpetua o la pena de muerte
para los traficantes, penalidades que las leyes mexicanas
no incluyen.
Además
de los traficantes, grupos guerrilleros y paramilitares
en Colombia han recurrido al negocio de las drogas
para financiar parte de sus actividades, y al terrorismo
para ejercer presión sobre el Estado y la sociedad.
Después del 11 de septiembre de 2001, en la
visión de Estados Unidos el combate al terrorismo
se convirtió en lo esencial; el tráfico
de drogas se concibe como una de las estrategias posibles
para financiar actividades de carácter político
y de desestabilización. Pablo Escobar fue el
paradigma del "narcoterrorista". No faltará
quien sea etiquetado como el paradigma del "terrotraficante"
o "terronarco". En el mundo hay varios casos
de combinación de actividades e intereses entre
terroristas y traficantes, pero también de
la ausencia de nexos entre ambos grupos. En México,
los grupos guerrilleros no han sido asociados con
el tráfico de drogas. Ni el gobierno de Estados
Unidos ni el de México han hablado de "narcoguerrilla"
en el país. Sin embargo, luego de una reunión
entre John Walters, titular de la ONDCP, y el procurador
general de la República, Rafael Macedo de la
Concha, en enero de 2002, éste mencionó
por primera vez desde que fue nombrado en ese puesto
que organizaciones terroristas estaban vinculadas
al tráfico de drogas y al lavado de dinero.
Volvió a mencionar el tema luego de la reaparición
de los guerrilleros del Ejército Revolucionario
del Pueblo Insurgente (ERPI) en el estado de Guerrero,
gran productor de adormidera, pero no se refirió
a ningún caso particular comprobado en algún
lugar del mundo. La tesis ya fue sembrada, pero habrá
que vigilar que no sean creadas las condiciones para
que se convierta en profecía autocumplida.
Conclusiones
Hay
por lo menos tres grandes momentos en la historia
del campo del tráfico de fármacos ilícitos
en México que permiten observar más
claramente sus relaciones con el campo político
y sus transformaciones: 1914-1947, 1947-1985, y 1985
a 2000. Otro momento parece iniciarse a partir del
2 de julio de 2000. El primero, caracterizado por
el nacimiento del campo mismo, en posición
subordinada al poder político y en particular
a la figura política más importante
en jerarquía en cada uno de los estados norteños
productores o de tráfico. El segundo, en el
cual se crean las mediaciones estructurales entre
el poder político y los traficantes, representadas
principalmente por corporaciones policiacas. Y el
tercero, en el que el sistema político surgido
de la revolución, con un monopolio del poder
político por el partido de Estado, empieza
a mostrar signos de incapacidad para controlar eficazmente
a sus propias instituciones de mediación, las
cuales, al igual que las organizaciones de traficantes,
adquieren mayor autonomía relativa respecto
del poder político. En esta misma etapa las
presiones políticas de Estados Unidos se dejan
sentir con mayor fuerza que en épocas anteriores.
El cuarto momento se inicia con el desplazamiento
del PRI del poder ejecutivo, su pérdida de
la mayoría absoluta en las cámaras y
el acceso de la oposición a los principales
puestos de poder. Es un momento que apenas empieza
a adquirir forma. En todas esas fases, las modificaciones
en el Estado y desde éste tuvieron repercusiones
en la reorganización de las relaciones entre
el campo político y el del tráfico de
drogas ilícitas.
En
Colombia, las condiciones de posibilidad que facilitaron
el desarrollo del tráfico de drogas están
relacionadas con algunas características del
Estado, de su relación con Estados Unidos,
del sistema de partidos, y de la sociedad. Algunas
de esas condiciones son la falta de capacidad del
Estado para controlar el territorio e imponer la ley,
incluso a través de las fuerzas armadas; la
persistencia de una violencia derivada originalmente
de luchas políticas a la cual se han ido agregando
otras más relacionadas con conflictos sociales
y actividades ilícitas; la incapacidad de los
partidos políticos para canalizar los intereses
de los diversos grupos sociales por las vías
legales; una actitud social y política ambivalente
y oscilante frente al negocio del tráfico de
drogas y los traficantes; y una relación de
dependencia creciente de Estados Unidos -el Plan Colombia
es el último ejemplo-, país que ha impuesto
su agenda en asuntos de drogas. La lista es evidentemente
más larga. Francisco Thoumi ha destacado, entre
otras, la brecha entre comportamientos de hecho y
de derecho que implican una mayor tolerancia a actividades
económicas ilegales; la experiencia en la exportación
ilegal de productos legales; la experiencia en la
exportación de esmeraldas a países desarrollados;
la imposición de controles cambiarios durante
sesenta años (1931-1991) que provocó
el desarrollo de estrategias para lavar dinero; y
la presencia de inmigrantes colombianos en Estados
Unidos como la más importante de un país
andino. Características históricas y
estructurales distintas en Colombia y México
han derivado en un crecimiento mayor de los grupos
dedicados al tráfico de drogas en ambos países,
de la producción de plantas ilícitas
y del consumo de drogas. El impacto general del fenómeno
ha sido sin duda más rápido, fuerte
y desastroso en Colombia. Lo triste y trágico
de esta historia es que ninguno de los dos países,
o algún otro con problemas similares, puede
encontrar soluciones viables mientras no se modifique
el paradigma dominante que los ha llevado a ese callejón
sin salida.
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